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Sigur Rós – ()

1. Vaka – (6:38) (Nombre de la Hija de Orri)
2. Fyrsta – (7:33) (Primera)
3. Samskeyti – (6:33) (Anexo)
4. Njósnavélin – (6:56) (La máquina Espía / “La Canción de la nada”)
5. Álafoss – (9:57)
6. E-bow – (8:48) (Arco Electrónico)
7. Dauðalagið – (12:59) (Canción de la muerte)
8. Popplagið – (11:45) (La Canción Pop)

Cuando cayó este disco en mis manos, lo primero que vi fue el año de su lanzamiento, y no pude menos que esbozar una sonrisa algo fingida. Luego de una suerte de “revival” del rock alternativo de los 90, en el que surgieron bandas (llámese Coldplay, Keane, The Vines, etc…) cada vez más parecidas a sus progenitores, poco se podía esperar de un disco editado en el 2002, año en el que la homogeneización de las bandas había llegado hace un buen tiempo, con distintas caras, distintos peinados y distintos nombres. Afortunadamente, me equivoqué.

Una de las bandas que nos trae la última ola del post-rock, son los islandeses de Sigur Rós. Ellos toman el rock de los 90, lo manipulan casi electrónicamente, le escupen palabras ininteligibles y lo plasman en una verdadera obra magna de 71 minutos en (), incorporando elementos tan diversos y propios del noise pop, shoegaze, ambient y hasta, música clásica. Este disco, como curiosidad, nos ofrece la posibilidad de interpretarlo de acuerdo a nuestro modus vivendi al ser cantado en vonlenska, un lenguaje fonético inventado e improvisado por Jónsi, frontman de la banda, el cual integra elementos de la lengua islandesa, y cuya pronunciación suena un tanto idéntico al idioma de la isla, repitiéndolo secuencialmente en cada canción de () a la manera de un mantra. Es una banda sonora compuesta especialmente para nuestra vida, siempre que se lo desee.

El nostálgico primer single titulado Vaka, nos abre las puertas a este maravilloso disco. Una pieza algo delirante, pero dulce. Suave, con una atmósfera que nos recuerda a ese Eno ecléctico de los 80, y que se extiende a lo largo de los tres temas siguientes, con otras apariencia y abordando distintos matices, con la voz de Jónsi algunas veces limpia, otras amañada. Cuerdas distorsionadas en reversa, órganos y violines que se funden para dar a luz una amalgama de melodías agobiadas, siempre manteniendo ese sabor minimalista que atrapa, que no nos deja escapar y ruega por que lo escuches un par de segundos más. Una especie de fade out que se inicia desde el primer segundo y que sólo termina en el abrupto final de Njósnavélin y sus siguientes 36 segundos de silencio que nos dan paso a la segunda mitad del disco.

En Alafoss, se nos da a entender que las tonalidades se volverán más lúgubres y densas a medida que avanza el disco. La voz se adecúa entonces, y tiene más presencia, al igual que las guitarras. Es en este punto, cuando surge una sensación de cuenta regresiva. El ambiente se torna un poco más ambiguo y frío, más cínico y mentiroso, que nace en las entrañas de E-Bow, para terminar con Popplagið, una canción confusa que trae bastantes elementos noise, y que termina llena de histeria, de rabia y de angustia. Los sucesivos feedback de las guitarras, hacen que la percusión se vuelva más dinámica, ayudando a romper los esquemas 4/4. Una segunda mitad que, indudablemente, es un perfecto complemento para la primera.

El disco en su totalidad nos muestra todo al mismo tiempo que nada, una visión un tanto vanguardista que tenemos acerca de lo que debe ser una banda de música, tanto desde el artwork, pasando por las letras, para llegar finalmente a la composición. Sin duda, no es un disco fácil de digerir ni de entender. Se puede apreciar que () está muy bien trabajado: la sonoridad de los instrumentos clásicos están en su justa medida, y es lo que le da un sabor exquisito a este disco, que carece de las secuencias lógicas que una banda estándar tiene. Quizás es eso lo que lo hace un poco menos accesible para cualquiera, pero, sin duda, es uno de los mejores discos que se ha escuchado en este último tiempo.

Uvula.